Una reflexión en el Día del Profesional de la Comunicación en Bolivia

Hace algunos años tuve una experiencia como docente universitaria. Recuerdo que, durante una clase con estudiantes de la carrera de Comunicación que cursaban aproximadamente el quinto o sexto semestre, les hice una pregunta que me parecía sencilla:

¿Conocen a Luis Ramiro Beltrán?

Para mi sorpresa, prácticamente nadie lo conocía. No recuerdo con exactitud si uno o dos estudiantes respondieron, pero sí recuerdo la impresión que me causó aquella experiencia.

¿Cómo era posible que estudiantes que ya habían recorrido buena parte de su formación universitaria no conocieran a uno de los principales referentes del pensamiento comunicacional boliviano y latinoamericano?

Esa experiencia me dejó una inquietud que hoy, 5 de noviembre, quiero retomar: ¿qué tipo de comunicadores estamos formando? Y, más allá de la universidad, ¿qué estamos haciendo los propios profesionales para fortalecer nuestra identidad y desarrollar nuestro pensamiento estratégico?

Luis Ramiro Beltrán nos dejó mucho más que teorías sobre la comunicación. Su pensamiento nos invita a cuestionar los modelos tradicionales, comprender las realidades sociales y reconocer la comunicación como un proceso fundamental para el desarrollo y la transformación de nuestras sociedades.

Y es precisamente esa capacidad de cuestionar, analizar e interpretar la realidad la que considero indispensable para nuestro ejercicio profesional.

Después de más de 15 años trabajando en comunicación organizacional, en instituciones públicas, privadas y del tercer sector, he llegado a una conclusión: necesitamos fortalecer el pensamiento crítico y estratégico de quienes ejercemos esta profesión.

Durante mucho tiempo, la formación universitaria en Comunicación Social ha estado fuertemente orientada hacia los medios de comunicación y el periodismo. Una formación importante, sin duda, pero que no debería limitar las posibilidades de comprender y ejercer la comunicación en otros ámbitos.

Lo digo también desde mi experiencia. Ingresé a la universidad pensando en ser periodista. Durante mi formación me interesé por la comunicación para el desarrollo y, en mi primera experiencia laboral, fue donde profundicé la comunicación organizacional, un campo que transformó mi manera de entender esta profesión.

En esa etapa me quedó claro que comunicar no es solamente informar, elaborar mensajes o producir contenidos. Es comprender a las personas, interpretar contextos, construir relaciones y contribuir al logro de objetivos organizacionales.

Sin embargo, esa visión más amplia y estratégica de la comunicación no siempre se refleja en el lugar que ocupa nuestra profesión dentro de las organizaciones.

Todavía encontramos en muchas empresas e instituciones donde los comunicadores son convocados cuando las decisiones ya están tomadas, los proyectos diseñados y únicamente queda difundir los resultados.

Y aquí surge una pregunta que considero necesaria: ¿es únicamente responsabilidad de las organizaciones que no se reconozca nuestro valor estratégico?

Creo que no.

Los propios comunicadores tenemos una enorme responsabilidad en cómo se entiende, se valora y se posiciona nuestra profesión.

Pensar estratégicamente no es una capacidad que adquirimos automáticamente al obtener un título universitario o acumular años de experiencia. Es una capacidad que necesitamos desarrollar y fortalecer constantemente.

No podemos exigir un lugar en las decisiones estratégicas si no estamos preparados para participar en ellas.

Y esto nos lleva a otra reflexión: ¿qué significa realmente ser un comunicador estratégico?

La estrategia no comienza cuando diseñamos una campaña, elaboramos un plan de contenidos o seleccionamos los canales de comunicación.

La estrategia comienza mucho antes: cuando analizamos una realidad, comprendemos un problema, identificamos sus causas, definimos objetivos y tomamos decisiones sobre cómo intervenir para generar impacto.

Los productos comunicacionales son importantes, pero son parte de la ejecución de una estrategia, no la estrategia en sí misma.

Por eso considero fundamental recuperar y fortalecer las bases teóricas de nuestra profesión. Conocer a autores como Luis Ramiro Beltrán no debería ser únicamente un requisito académico. Sus aportes, junto con los de otros pensadores de la comunicación, nos ofrecen perspectivas para cuestionar nuestras prácticas, comprender la complejidad de los procesos comunicacionales y construir criterio profesional.

Pero tampoco basta con conocer teorías. Necesitamos territorializarlas, es decir, aprender a conectarlas con la realidad, cuestionarlas y llevarlas a la práctica.

En mi caso, buena parte de mi desarrollo profesional ha surgido de esa búsqueda constante: leer, investigar, conectar con comunicadores de otros países, intercambiar experiencias y, sobre todo, cuestionar mi propia manera de ejercer la profesión.

Hoy, más que nunca, necesitamos profesionales capaces de comprender las organizaciones, interpretar sus desafíos, dialogar con otras disciplinas y aportar a las decisiones desde una mirada estratégica.

Profesionales que no se limiten a preguntar ¿qué vamos a comunicar?, sino que también sean capaces de preguntar ¿por qué, para qué, a quiénes, desde qué realidad y con qué resultados?

Vuelvo entonces a aquella experiencia como docente.

Quizás lo que más me inquietó no fue que aquellos estudiantes no conocieran a Luis Ramiro Beltrán, sino lo que esa ausencia podía representar sobre las bases desde las que estamos aprendiendo a pensar la comunicación.

No pretendo generalizar a partir de una sola experiencia, pero sí creo que vale la pena hacernos esa pregunta.

Y esa reflexión no debería quedarse únicamente en las aulas. También nos corresponde a quienes ejercemos la profesión.

Si queremos que la comunicación ocupe un lugar verdaderamente estratégico en las organizaciones y en la sociedad, debemos preguntarnos primero si estamos preparados para asumir ese desafío.

En este Día del Profesional de la Comunicación en Bolivia, más que una felicitación, quisiera compartir una invitación a reflexionar sobre nuestra formación, nuestra identidad y nuestra responsabilidad profesional.

En la actualidad sigo aprendiendo, sigo cuestionando y, sobre todo, sigo disfrutando profundamente de esta profesión.

¡Con pasión extrema por la comunicación!