Ninguno de los dos.

El dato no mata al relato, ni el relato invalida a los datos. Sin embargo, vivimos tiempos donde pareciera que ambos compiten constantemente por imponer una verdad.

Quizás nuestra naturaleza humana hace que muchas veces reaccionemos más desde la emoción que desde la razón. Por eso tendemos a polarizarnos ante ciertas situaciones, incluso cuando existen evidencias que contradicen lo que pensamos, porque nuestra experiencia —o la de nuestro entorno— aparentemente nos muestra lo contrario.

Es el caso de la Ley Brisa, en Bolivia, que ha polarizado las intervenciones en redes sociales, las discusiones entre usuarios y las posiciones de diferentes profesionales y activistas que se han atrevido a justificar una postura. Por otro lado, las verificadoras han publicado datos que aparentemente contradicen muchos de los relatos instalados en el imaginario colectivo.

Hagamos un ejercicio sencillo. Veamos nuestra realidad más cercana: ¿cuántos casos de abuso infantil o de estupro conocemos? Puede ser que no hayan sucedido en nuestro primer círculo, pero seguramente le pasó al vecino o a alguien cercano. Y es precisamente esa cercanía la que muchas veces termina moldeando nuestra percepción de la realidad.

Por otro lado, repitamos el mismo ejercicio desde el punto de vista contrario: ¿Cuántos casos conocemos de denuncias falsas o de hombres acusados injustamente bajo la Ley 348? Seguramente tampoco es una situación ajena para muchas personas. Con esa evidencia empírica, difícilmente los datos servirán por sí solos para contrarrestar o hacer cambiar de opinión.

Este ejercicio también nos lleva a comprender que interpretamos la realidad desde nuestras experiencias, emociones y contextos; no desde una posición completamente externa o neutral, algo que, en la práctica, resulta casi imposible.

Estamos cayendo en el error de creernos dueños de la verdad solo por mostrar datos o basarnos en nuestras propias experiencias, que muchas veces nos llevan a generalizar.

Por ello, debemos tener en cuenta que los datos no siempre son interpretados o presentados de manera completamente neutra y que los relatos pueden convencer incluso sin datos; de ahí surge gran parte de la desinformación.

Por eso, como dice Kiko Llaneras: “Los datos nunca son el final, son el principio de la conversación”.

Ahí también aparece uno de los grandes desafíos de las verificadoras: entender que los datos por sí solos difícilmente tendrán impacto si no van acompañados de un buen relato.

Por otro lado, también aparecen las falencias que muchos comunicadores y periodistas podemos tener en conocimientos básicos de estadística y gestión de datos. Muchas veces los medios se basan en un dato para magnificar una noticia o construir titulares pensados más como anzuelo para conseguir clics que como una verdadera invitación a comprender el contenido.

No es lo mismo hablar desde la media, la mediana, la moda o la ponderación, ya que cada una pone el foco en aspectos distintos de un mismo conjunto de datos. Ahí estos conceptos dejan de ser simples términos técnicos y empiezan a influir directamente en cómo entendemos una situación y en los relatos que construimos a partir de ella.

Desde lo que he ido comprendiendo:

Media: busca representar el valor promedio del conjunto, aunque puede distorsionarse cuando existen valores extremos.

Mediana: muestra el valor que queda justo en el centro cuando ordenamos los datos, resistiendo mejor los extremos.

Moda: refleja aquello que se repite con mayor frecuencia dentro de un conjunto de datos.

Ponderación: implica darle distinto peso o importancia a ciertos datos, entendiendo que no todos tienen la misma relevancia al momento de interpretar una realidad.

Un mismo conjunto de datos puede contar historias completamente distintas dependiendo de qué se destaque, qué se omita o qué se pondera. Ahí también se construyen los relatos.

Sé que estamos en un momento donde la inmediatez cuenta mucho para la sobrevivencia de los medios tradicionales y su competencia con los medios digitales. Sin embargo, creo que detenerse a analizar y preguntarse qué significa realmente o cómo se obtuvo un dato es lo que marca la diferencia entre el periodismo y la simple creación de contenidos, así como entre la credibilidad de los medios tradicionales y muchas dinámicas de las redes sociales.

Los datos aparentemente nos dan poder y validan lo que afirmamos, pero si estos no se combinan con un buen relato que permita su interpretación y, sobre todo, su comunicación efectiva, será muy difícil contribuir a reducir la desinformación y la polarización.

El dato y el relato van de la mano. Ambos pueden direccionar conversaciones y generar diálogos que transiten entre la emoción y la razón.

Porque en tiempos donde todos quieren tener la razón, el verdadero reto para los comunicadores está en interpretar realidades complejas sin caer en simplificaciones y, al mismo tiempo, aprender a construir relatos a partir de los datos.