En Bolivia acabamos de pasar por un proceso electoral subnacional, en el que papá decidió postularse a una alcaldía. Hace muchos años, él me había dicho que no entendía de qué se trataba mi trabajo, porque no me veía en medios ejerciendo el periodismo.
En su momento intenté explicarle, pero no quedó convencido. Tuvieron que pasar más de 15 años para que acudiera a mí y me pidiera llevar adelante su campaña.
Éramos un equipo pequeño, sin experiencia en política: ni yo dirigiendo campañas, ni él participando en una. Papá es un hombre que dedicó toda su vida profesional a la educación y hoy ya es jubilado. A lo largo de su trayectoria impulsó cambios en el ámbito educativo. De ahí nace su convicción: las cosas siempre se pueden hacer de manera diferente y es posible generar cambios reales. La política era uno de sus sueños, y con mucho gusto asumí el reto de apoyarlo.
Así iniciamos la campaña. A partir de la propuesta y entendiendo a los distintos públicos, implementamos una estrategia. Teníamos el reto de llegar a un territorio extenso, con una población dispersa entre lo urbano y lo rural. Recorrimos comunidades mientras, en paralelo, posicionábamos un discurso en redes sociales.
La campaña duró un mes y medio. Fue un trabajo arduo. La retroalimentación de la gente sobre las propuestas era positiva, y papá, con su habilidad de orador y su liderazgo natural, requería poca asesoría para desenvolverse en público.
En la etapa final, tocó hacer el tour de medios tradicionales. Sabíamos que ahí se refuerza la credibilidad y se articula con lo digital. Al salir de la última entrevista, papá me dijo: “Realmente la comunicación es muy importante”.
Esa frase me llegó. Ya no necesitaba explicarle nada. Lo había entendido.
Esta experiencia fue profundamente valiosa para mí. Como hija, porque no recuerdo haber compartido tanto tiempo con él. Y como profesional, porque hoy puedo decir que también dirigí una campaña política.
Papá no ganó. Pero el aprendizaje fue enorme.
La estrategia de comunicación visibiliza y posiciona a un candidato. Exige leer el territorio, entender a los públicos y articular la interacción cara a cara, redes sociales y medios tradicionales. Sin embargo, esta experiencia me dejó algo más claro: la comunicación es un medio, no un fin en sí mismo….
Lo que nos faltó fue una estrategia integral. Entender que una campaña no se juega solo en el mensaje, sino en las reglas reales del juego político.
Actuamos desde lo correcto, desde la propuesta, desde la convicción. Pero la política —al menos en contextos como el nuestro— también se mueve desde estructuras, alianzas y decisiones que no siempre pasan por lo técnico ni por lo ético.
Y ahí está la tensión.
Porque la comunicación estratégica en política no es solo construir un buen mensaje, sino entender el terreno en el que ese mensaje compite.
Y en Bolivia, ese terreno no siempre premia al mejor discurso ni a la mejor propuesta.